ENTREVISTAS POST MORTEM: Edgar Allan Poe

Aterrizo en Baltimore (Maryland, Estados Unidos) y, tras dejar mis cosas en un motel y dormir un poco, me dirijo al cementerio de la Iglesia Presbiteriana de Westminster. Llega el ocaso y el viento se levanta azotando las ramas de los árboles, haciéndolos aullar de dolor. Saco la petaca y doy un trago de coñac para calentar el cuerpo y el alma.

La oscuridad impera y puedo ver como un fuego fatuo danza sobre una tumba cercana con un baile grotesco. Algo me roza la pierna y doy un salto. Es un enorme gato negro que se sienta junto a mí y abre la boca. De sus fauces surge un vapor verdoso que comienza a tomar la forma de un hombre delgado, de poco más de metro setenta de altura, frente ancha y un pequeño bigote. Pero lo que más me sorprende es la tristeza que reflejan sus ojos.

—Buenas noches —tartamudeo—. ¿El señor Poe? ¿Edgar Allan Poe?
—El mismo —responde.
Me tiende la mano y la mía la atraviesa, produciéndome un escalofrío. Los dos nos disculpamos a la vez, ninguno de nosotros está acostumbrado a una entrevista entre ambos lados del velo.

Le pido que tome asiento y me contesta que está bien, que ya no le cansa estar de pie. Como yo sigo vivo, tras pedirle permiso, me siento en la base del monumento que corona su sepultura, que comparte con su amada Virginia y la madre de esta, Maria Clemm. Saco la libreta y la pluma y, tras un cordial intercambio de palabras, comienzo la entrevista:

SAMIR DABIAN: Señor Poe. ¿Le importaría darnos unos breves retazos de su infancia?
EDGAR ALLAN POE: Nací el 19 de enero de 1809 en Boston. Mis padres eran actores itinerantes, por lo que el arte está en mi sangre. Mi padre nos abandonó a mí y a mis dos hermanos al año siguiente y, cuando yo tenía poco más de dos años, mi madre, Elisabeth, falleció de tuberculosis. A los tres hijos nos acogieron familias distintas. A mí no me llegaron a adoptar, aunque tomé el apellido de mi padrastro, John Allan, un acaudalado comerciante con el que solo tuve desavenencias. Sin embargo, mi madrastra, Frances, fue un ángel que solo me dio amor.

S.D.: ¿Cuándo tomó interés por la literatura?
E.A.P.: Desde el colegio leí los grandes clásicos como Ovidio o Virgilio. A los catorce años ya componía poemas, y en la Universidad de Virginia estudié lenguas.

S.D.: Le expulsaron de la Universidad, ¿no? Dicen que allí comenzaron sus problemas con el alcohol.
E.A.P.: ¡Necias palabras difundidas por mis enemigos! Como todo universitario, acudía a la cantina y sí, es cierto, tuve deudas por el juego. Pero no me expulsaron, me fui a Boston porque quería ganarme la vida como periodista. Sin embargo, tuve que alistarme en el ejército, donde publiqué mis dos primeros libros de poemas. Mientras estaba allí, mi padrastro me comunicó el fallecimiento de mi adorada madrastra. El muy bastardo no me había dicho que estaba enferma. Me tuve que conformar con ir a su funeral. Conseguí que me licenciaran antes de tiempo y, tras morir también mi hermano, me esforcé en vivir de mis escritos.

Valoro si preguntarle por su casamiento con su prima de trece años, Virginia, pero la médium que nos ha puesto en contacto me ha especificado que es algo muy doloroso para él. Su muerte le marcó profundamente y se unió al destino de las otras mujeres de su vida apartadas de su lado por la Parca. No me extraña el carácter trágico que marcó su obra.

S.D.: Trabajó como crítico literario, redactor jefe y editor de varios periódicos mientras publicaba sus libros de relatos, ¿cuál fue su primer gran éxito?
E.A.P.: El poema El cuervo, sin lugar a duda. Me convirtió en una celebridad y en un asiduo en los salones literarios.

S.D. No obstante, usted ha pasado a la historia por sus cuentos, como El pozo y el péndulo, El gato negro o Los crímenes de la calle Morgue.

E.A.P.: Considero que la máxima expresión literaria es la poesía, como mi admirado Lord Byron, y a ella dediqué mis mayores esfuerzos. Sin embargo, los cuentos si obtuvieron mayor éxito de público, ya que permiten una lectura sin interrupciones, una unidad de efecto que resulta imposible en la novela.

S.D. Además se le considera el precursor del relato de detectives.

E.A.P.: En efecto, por medio de los relatos protagonizados por C. Auguste Dupin, el primer detective de la ficción. Arthur Conan Doyle admitió haberse inspirado en él al crear a su Sherlock Holmes.

S.D.: Sus cuentos de terror góticos han inspirado a numerosos escritores, como H.P. Lovecraft, y han quedado como un clásico de la literatura, ¿por qué cultivó este género?
E.A.P.: Como ya he dicho, quería vivir de mis escritos, por lo que elegí un género que era del gusto de mis coetáneos.

S.D.: Usted tenía un buen olfato comercial. Al menos en su época no había el auge de la piratería que hay ahora.
E.A.P.: ¿Cómo qué no? No teníamos ninguna legislación internacional sobre los derechos de autor, y los editores estadounidenses preferían piratear obras inglesas en lugar de pagar a sus conciudadanos por las suyas.

S.D.: Lo desconocía… Una última cuestión. Su fallecimiento fue propio de uno de sus macabros cuentos. Dos semanas antes de casarse con su segunda esposa, estuvo varios días desaparecido hasta que le encontraron vagando por las calles de Baltimore, con los ropajes de otra persona y en un estado de delirio. Lo último que pronunció antes de morir fue: «¡Que Dios ayude a mi pobre alma!». ¿Puede aportarnos algo que ayude a resolver este misterio?

De improviso Poe suelta una carcajada que helaría la sangre del mismísimo Vicent Price y comienza a desvanecerse. A lo lejos creo escuchar a un cuervo graznar: «¡Nunca más!» y el espíritu del poeta atormentado desaparece.
Guardo la libreta y la pluma, saco de nuevo la petaca y le doy otro sorbo a la bebida espirituosa. Entrevistar a un escritor fallecido siempre me deja frío.

Nota: Este artículo se publicó originariamente en el blog del Grupo LLEC


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